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BIOGRAFÍA PCO. DON EDUARDO
VILLAR REINA
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| Había nacido el 11 de Octubre de 1903 en Estepa (Sevilla), de cristianísimos padres íntimamente ligados, en razón de su trabajo con la Iglesia Parroquial. Trasladada la familia a la Capital, ingresó en las, entonces, florecientes y hoy desaparecidas Escuelas de San Benito de Calatrava; allí se desarrolló en su alma el germen de la vocación sacerdotal y salesiana. Cursó los años del aspirantado en Cádiz, Comenzó su Noviciado en San José del Valle el 4 de Septiembre de 1922, coronándolo el 13 del mismo mes de 1923 con la profesión religiosa. En esta misma casa de San José del Villa cursaría la Filosofía. Haría los votos perpetuos el 12 de Junio de 1929 y terminaría su formación sacerdotal con el estudio de la Sagrada Teología, durante los años de 1929 al 1932, en que fue ordenado sacerdote, cantando su primera Misa en Sevilla. Durante los cursos de Teología, los Superiores le encomendaron el cargo de asistente de novicios, que desempeñó hasta el año 1933. Las casas de Astudillo, una breve estancia en el ex Congo Belga como profesor de Teología, Algeciras, Ecija, Montilla, Alcalá de Guadaira, jalonaron su entrega generosa al apostolado salesiano. Pero había de ser esta Casa de Las Palmas, donde permaneció, en diferentes épocas, 16 años, la que gozara de las primicias de su trienio práctico y la que presenciara la ingente labor desarrollada al frente de la Parroquia, aneja a este Colegio, que los Superiores le confiaron en el año 1953. Dotado de extraordinarias cualidades, supo darse generosamente donde quiera le colocó la obediencia. Su apostolado de la palabra fue fecundísimo, acudiendo con el mismo entusiasmo a los púlpitos de más nombradía o, a las barriadas más humildes. Se afanaba santamente de no haber excluído a sus hermanos de esta generosa entrega, pues predicó siempre alguna tanda de Ejercicios Espirituales desde que cantó misa. Con óptimas aptitudes para el canto y la música bregó incansable en este que hacer tan neta mente salesiano. Fue puntualísimo en sus deberes de religioso y sacerdote. Destacaba sobremanera la constancia en las obras que emprendía, sin miramientos humanos, ni concesiones al desaliento. Amante de la vida de comunidad, jamás faltó a sus obligaciones religiosas cuando sus deberes no se lo impedían. Cultivaba con esmero, preocupándose de las vocaciones, el perpetuar el apostolado salesiano y sacerdotal para el bien de los jóvenes y de las almas. Su piedad era genuinamente salesiana: simple, profunda, ardiente, ejemplar. Trabajó incansablemente por extender la devoción a María Auxiliadora y Ella le habrá premiado con creces su esfuerzo y esmero en rodear siempre su fiesta del mayor esplendor. El que repartió y dio tanto a los pobres nunca se reservó nada para sí: era un ejemplo vivo de pobreza. Esta y otras muchas y admirables cualidades de nuestro querido D. Eduardo destacaron sobremanera cuando los Superiores le entregaron el cuidado de la Parroquia enclavada en nuestro Colegio. Poco tiempo bastó para que su Parroquia fuera modelo en la ciudad de Las Palmas; para que se granjeara la estima y aprecio de sus superiores eclesiásticos y colegas en el ministerio; para que florecieran como animadas de nueva vida, todas las asociaciones parroquiales; para que lucieran las sagradas funciones todo el esplendor de la liturgia; y pronto cosecho el fruto que a veces Dios permite recoger a las almas que tan generosamente siembran. Su feligresía, en la Ciudad Jardín, enclavada en el corazón de la población, barrio residencial y mimado de la fortuna, tenía como vergüenza en contrapartida, un hacinamiento de cuevas y chozas, vulgarmente conocidas por el Barranquillo de D. Zoilo. Supo afrontar valientemente este gravísimo problema social y, lo que es más, resolverlo maravillosamente con la ayuda de los que tenían. A quienes Dios había dado todo, supo ganarles el corazón para enseñarles sus ineludibles obligaciones de cristianos. Se levantaron casas; llevó el agua y la luz; abrió un comedor parroquial, un consultorio médico, escuelas para niños y niñas; y a Dios, que al principio no tuvo reparos en venir a sus hijos entre los muros de una cuadra, supo también edificarle un templo bajo la advocación de la Auxiliadora. La transformación moral y material de esa pobre gente, su gran labor social, es reconocida por todos, fuera y dentro del ámbito de su parroquia. Su abnegada paciencia en recoger las limosnas del pudiente con una mano para darla con la otra al pobre, ha tenido como preciadísimo colofón la redención de una generación entera. Esta entrega total y sin reservas en alas de su predilección, de su amor por los pobres, hizo de nuestro D. Eduardo un verdadero Mártir del trabajo, hasta agotarle prematuramente. Y trabajando le encontraría la muerte. El día 23 de Enero, a la edad de 59 años, lo había comenzado como de costumbre a las 4'30 de la mañana. Cuando, después de atender a sus primeros quehaceres habituales, se disponía a llamar a los hermanos asistentes de uno de los dormitorios del internado, sufrió un ataque cardiaco. Trasladado a su cuarto e ingresado urgentemente a una clínica por orden del médico, expiraba plácidamente en brevísimos minutos. Sobre su mesa de trabajo, su breviario señalaba el final de las laudes de la oración sacerdotal de aquel día que el Señor, así lo creo, le tenía destinado no para las fatigas de este mundo, sino para el premio de esa otra hermosísima oración que fue toda su vida. La noticia se extendió rapidísimamente por toda la ciudad, pues la prensa y radio locales se hicieron eco de tal irreparable pérdida. A hombros fue llevado en todo momento viéndonos precisados a permitir prolongar el itinerario para llevar el féretro a la Iglesia de María Auxiliadora de la llamada ya, por voluntad popular y aprobación del Ayuntamiento, Barriada del P. Eduardo Villar; donde se repitieron escenas más conmovedoras aún y donde una lápida, costeada por esa pobre gente perpetúa el recuerdo y el reconocimiento a tanta caridad y generosos desvelos. |